Despotricando a la muerte

Me encanta responder preguntas, es como mi deporte favorito. Siempre pido perdón de antemano cuando respondo porque no se dar respuestas cortas, suelo irme por las ramas por querer abarcar todo lo que sé y siento acerca de la duda que se me plantea. 

Tengo el recuerdo de ser muy chica y haber leído la famosa pregunta: ¿Cuál es tu mayor miedo? y empezar a preguntarmelo o preguntarselo a los demás de manera concurrente. Yo siempre decía que lo que me aterraba era la muerte, quedarme sola. La verdad es que lo único que sabía al respecto era que a mis compañeros del colegio se le morían sus abuelos y que siempre había llantos al respecto. Desde que tengo memoria, mis abuelos son jóvenes y sanos en comparación de todos los de las personas que me rodean, pero aún así sentía que tenía que “prepararme” por si les tocaba a ellos. Siempre fui muy dependiente y no me imaginaba cómo iba a ser capaz de superar un dolor así. Entonces, en la adolescencia me empecé a ocupar, tenía que trabajar ese miedo.

Lo primero que hice fue anotarme para visitar un asilo de ancianos. Fue una experiencia increíble, profunda y movilizante. Durante todo el 2015 una vez por mes me esperaban en el hogar Santa Rita (La Lonja, Pilar), íbamos con mi grupo de adolescencia e infancia misionera. 

Lo más duro que recuerdo es el desamparo que sentían algunos adultos mayores, el desapego sus familias, la falta de visitas y la soledad que solían transitar en sus frías habitaciones. Sin necesidad de saber el detrás de cada historia familiar, sin ponerme en prejuiciosa empezaba a preocuparme y a entender que  debería ser consciente del trabajo que es acompañar a adultos mayores. 

Tengo los recuerdos más lindos, entre ellos, hice sonreír a una abuela que no se acordaba cuando había sido la última vez que sus dientes habían hecho fuerza para reírse. Le festejamos el cumpleaños número 89 a una señora que de no ser por nosotros no recordaba la alegría de soplar las velitas. Le di el espacio a Héctor para que nos contara todo lo que quisiera sobre historia, me dijo que nadie le prestaba esa atención desde que se fue de su casa.

En toda esa experiencia encontré el camino del disfrute del saber estar vivos, y que a muchos lo que nos hace estar vivos es compartir, sin darle lugar a este fantasma que, en fin, no tiene por qué venir de la mano de la edad.

La segunda vez que me encontré inmiscuida en el mundo de las pérdidas y que sentía que debía tomar conciencia sobre qué hacer con mis pensamientos recurrentes acerca de la muerte fue cuando me topé con el relato de una madre que había perdido a su bebé, la encontré en Twitter,  estaba de viaje y no pude soltar la lectura, me perdía en los textos del celular en vez de mirar por la ventana del tren. Me daba fuerza encontrarme con los escritos que salían de la parte más profunda de un hospital, en primera persona. Saltaba a la luz de nuevo la sensación de que me estaba “preparando”. 

(Lo podes leer en  https://dinosauriosamarillos.wordpress.com/).

Lo del asilo de ancianos fue en 2015 y lo de Sabrina en 2018. Estamos a mitad de 2020 y aún no tuve ninguna pérdida, y cuando hablo de ninguna, es que en 23 años no lloré una muerte, ¿me sigo preparando o ya me calmé? No lo sé…

La tercera vez que volví a reflexionar en profundidad mi temor fue cuando, de nuevo en Twitter, encontré a She (Giselle Mazzeo). Gi llevaba casi dos años de relación cuando su novio Martín fallece de un paro cardíaco en la plaza de su barrio. Ellos se habían conocido en otros ámbitos pero lo que verdaderamente los unió fue la red social del pajarito, donde luego se refugió en sus días duelo y donde también encontró consuelo. 

Sus tuits se empezaron a viralizar. En uno de mis viajes largos de colectivo le pregunté dónde podía encontrar más escritos, me había atrapado. Para la suerte de muchos, anunció que estaba escribiendo un libro, y a esto es a lo que quería llegar con este post, pero como siempre, me fui por las ramas.

Finalmente, le damos la bienvenida a sos la vida de mi amor, el libro que inspiró a sus miles de seguidores en Twitter a creer en el amor más allá de la muerte. Personalmente, a mi me enseñó dos cosas: a no tenerle miedo a la muerte y a no tener miedo a enamorarme. Hermosa multiplicidad.

En esta obra nos relata cómo fue la revolución de sentimientos por la que fue (y sigue) pasando. A la vez, deja plasmado algunos de los cientos de tuits que ellos escribían antes, durante y después de ser novios. Gracias a Twitter se revela el “secreto” de Gi, agradecerle a Martín su humor ácido…de otra forma creo que hubiera sido mucho más difícil encontrar consuelo en esta red social.

Abro el libro para releerlo y escribir este posteo, en las primeras páginas me encuentro con un tuit de Martín, donde nos dice que el problema no es que no haya nada después de la muerte, sino, que no lo haya antes. Lo relaciono con que sería un gran problema que yo me quede con las ganas de decir todo lo que quiero, y que animarme a lanzar el blog es ideal para luchar contra mi silencio, contra mi -que haya algo después de mi muerte feeling-. Soy bastante egocéntrica y desde chica me imagino qué reacciones tendrían los que me rodean si se enteran que me muero (tambíen un poco morbosa) pero anhelaba todos noten mi ausencia, que yo tenga alguna facultad para enterarme lo que susurraban después de mi deceso. Con el tiempo aprendí que nadie es indispensable y que somos ínfimos en el mundo, me ayudó a tomar las cosas de una forma menos personal. Pero aún si nada de eso es suficiente, Gi en el libro nos deja claro una cosa: si le llegaste al corazón a alguien ya ganaste, ya sos menos indispensable, algo traspasaste y dejaste de ser vos solo, tener la capacidad de generar algo en el otro -lo que sea- es un paso ganado para quienes queremos trascender. Así es como armé un nuevo hilo conductor y no puedo pensar en el uno (muerte) sin el otro (amor).

“Planificas y la vida se te caga de risa en la cara” dice Gise en la página 36. Mi niña Excel aprendió a entender que lo que sucede conviene y que no podemos controlarlo todo (aunque le encantaría poder hacerlo de vez en cuando). Entonces mi adulta Excel lo unió con lo que nos enseña en las tres páginas siguientes, donde nos invita a analizar que no hay “momentos justos” para enamorarse, que si esperamos ese momento, nunca lo es, a las fuerzas aprendo que no se pueden controlar los sentimientos, que hay decisiones que hay que tomarlas con el corazón por más clichés que suenen. En mi experiencia personal, donde no me da miedo enamorarme, (al contrario, me encanta tirarme de lleno al sentimiento del amor) mi miedo está en quedar expuesta, estar pendiente de lo que opinan “los otros” para que, ¿no? Nada justifica perder la oportunidad de amar a alguien, y no voy a patear mi fortuna porque alguien crea que no es el “momento justo” para enamorarse. 

“La belleza de no intentar comprenderlo todo” destaca Gise en la página número 63, sí será paradójico que creo entender este punto PERO acá estoy una vez más… intentando “comprender” la muerte, lo que me llevaría a “comprender” otras cosas, pero me topo con un momento clave del relato en donde Gi expresa que hay días en los que no quiere aprender nada, que solo quiere que le devuelvan a Martín. Digo que es un momento clave, porque esta buenisimo saber que esto también es parte, no todo es sabiduría, introspección y  mensajes, sino que también es frustración, dolor (mucho) y días en los que solo necesitas romperte para volver a empezar, para entender la dimensión del asunto. Muchas veces nos “comemos” las vidas perfectas o las enseñanzas totales de IG y no relacionamos que detrás de eso hay muchos momentos en los que no queremos ser unos capos, solo queremos llorar, y está bien. “A veces, que sea una mierda es la verdad más absoluta. Reconocerlo, aceptarlo, es un paso para poder seguir”.

Llegando al final nos encontramos con uno de los fragmentos más lindos  “Un hoy vale más que dos mañanas. Tenes un hoy, no dos mañanas ni dos ayer. Hoy. Atesoro mi ayer y sueño con el mañana, pero el hoy vale más. Hoy es el único que tenemos” parece que Gi mientras escribe esto me habla directamente a mí. ¿Tenes un hoy y vas a estar tan preocupada por lo que puede pasar en otro momento? Disfrutar del presente es mi gran tarea diaria, no puedo dejar de ser una aquejada por las obligaciones -y miedos- del futuro. En cuarentena entendí que un mini viaje al pasado es necesario para ser agradecida, me la pase mirando fotos, recordando anécdotas, me siento una afortunada de tener tantas experiencias que recordar. Gise y Martín nos invitan a fabricar recuerdos, no me cabe duda que es la mejor forma que tenemos para amar la vida.

Finalizando la lectura, entiendo que todavía me queda tiempo para hacer que mi amor siga más allá de mi muerte, ocupándome ahora. No lo tomo como una tarea más a tachar de mi rutina semanal, sino como una forma de vivir la rutina, de entender lo que tenemos, lo que somos capaces de crear y de atraer, lo que queremos cambiar y adonde no queremos volver.

La finalidad del posteo es comprender que no hace falta que hagamos algo extraordinario para quedar en la memoria y en ojos de los demás, sino con algo ordinario basta, un café a mamá mientras está leyendo, un mensaje a ese amigo que no vemos hace mucho, compartir un escrito en las redes para ver si ayuda a alguien que no conozco, y así,  una lista infinita..

Pueden acceder a toda la info sobre el libro y demás acá:https://www.instagram.com/saycheesetolife/

Ilustración de la foto de la portada: https://www.instagram.com/saycheesetoart/

GRACIAS GI <3

5 comentarios sobre “Despotricando a la muerte

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  1. Imposible leer esto y no plantearse un sinfín de preguntas acerca de la muerte y los puntos de vista personales. Creo que a medida que la vida avanza (qué irónico, no?), y las experiencias que vamos atravesando nos moldean en la persona que somos, ese punto de vista, ese “yo” parado frente a la muerte, va cambiando.
    Supongo que está en el destino de cada persona atravesar situaciones más o menos difíciles, y por eso solo es conveniente hablar tanto del amor como de la muerte de forma autorreferencial.
    Yo estoy hace 10 años con mi pareja, y me siento igual de convencido que desde el primer año juntos, que no podría encontrar a nadie más complementario que ella para mi vida; aunque a la vez pienso (desde que nos pusieron una pistola en la cabeza para robarnos unos pocos pesos) que si tuviera que atravesar semejante duelo, no se de qué forma ni cuanto tiempo tardaría en asimilar que “la vida sigue” sin mi complemento.
    Pero por otro lado, vuelvo a pararme frente a la imagen de mi propia muerte y no me da miedo, ni vértigo, ni ansiedad. Los miedos son a los dolores de una enfermedad terminal, o a las ausencias y perdidas… sentimientos que nos provoca la empatía hacia terceros, pero no a uno mismo.
    Desde chico me imaginé distintas versiones de qué sería morir: ir al cielo y reencontrarme con mis abuelos, convertirme en “fantasma” y seguir mirando la vida de mis seres queridos, volver a nacer inmediatamente después de morir (esa fue la que más miedo y vacío me provocó), y hoy por hoy elijo pensar que morir es como dormir: cuando desconectamos la conciencia, no tiene importancia si estas en tu casa, en un hotel, de camping o en el pasto; no extrañas a tu pareja, ni a tu familia ni a tus amigos; ni siquiera te importa si tenes a alguien al lado o no, porque no te sentis solo. Estas únicamente vos con tus sueños.

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    1. Me gusta como empieza el comentario, esa era mi idea, que podamos preguntarnos que creemos al respecto, que sentimientos nacen y con qué nos sorprendemos.
      Gracias por compartir tu historia personal, el ejemplo de la amenaza de robo y del miedo a dejarte sin complemento, te hace sentir que tuviste una segunda oportunidad para seguir amándola y compartiendo la vida.
      Me encantaron las distintas formas por las que fuiste boyando acerca de lo que “era” la muerte, me hiciste acordar que yo también pensaba que podía ser un fantasma que iba a seguir mirando la vida de los demás desde afuera, desde arriba, o desde donde sea. Y el cierre lo es todo, muy lindo creer que ya, básicamente, no vamos a sufrir.. sueños placenteros

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  2. Hoy tuve un día de esos…
    De esos ni. De esos que hago de todo pero siento que no hice nada.
    Esos días ni, que tanto me molestan. En esta cuarentena logré reencontrarme con historias duras de mi pasado, aprender un montón de cosas de mí, escribiendo y releyendo.
    La muerte nunca me dió miedo, y eso que lamentablemente, a mí sí me pegó de cerca, mucho más de lo que me gustaría, y hoy en este día ni, la sentí cerca, sentí que nunca me había sentado seriamente a pensar en ella. No tenía idea que tenía que sentir, o qué tenía que pensar. Quise escribir pero las palabras se atascaron en el camino, y así como que la ley de atracción es un hecho, entré a ver si había novedades por acá y me encontré con este post que había salteado en mi afán de leerte, y descubrí que sigo en ese proceso, y que no sé que me pasa con la muerte, y que por ahora está bien.
    Nunca tuve miedo a la muerte, pero sí al amor, a enamorarme, y a todo lo que ello conlleva, y leyéndote, me encuentro con esta unión entre ambas. Sobre el amor si pude escribir, y mucho. Historias de “amor” que viví, que llegaron a mucho y otras que se quedaron en el tiempo. Y aunque en el pasado nunca lo quise, hoy es de lo que más deseo, un amor que valga la vida, porque eso es lo asombroso de esto; transformarnos todo el tiempo, y vivir el ahora, porque ayer se fue, y mañana se verá, pero hoy es todo lo que tenemos, quizás por eso odio los días ni y busco estos ratitos, como leerte, dónde mi día ya sí valió la pena!

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  3. Hoy tuve un día de esos…
    De esos ni. De esos que hago de todo pero siento que no hice nada.
    Esos días ni, que tanto me molestan. En esta cuarentena logré reencontrarme con historias duras de mi pasado, aprender un montón de cosas de mí, escribiendo y releyendo.
    La muerte nunca me dió miedo, y eso que lamentablemente, a mí sí me pegó de cerca, mucho más de lo que me gustaría, y hoy en este día ni, la sentí cerca, sentí que nunca me había sentado seriamente a pensar en ella. No tenía idea que tenía que sentir, o qué tenía que pensar. Quise escribir pero las palabras se atascaron en el camino, y así como que la ley de atracción es un hecho, entré a ver si había novedades por acá y me encontré con este post que había salteado en mi afán de leerte, y descubrí que sigo en ese proceso, y que no sé que me pasa con la muerte, y que por ahora está bien.
    Nunca tuve miedo a la muerte, pero sí al amor, a enamorarme, y a todo lo que ello conlleva, y leyéndote, me encuentro con esta unión entre ambas. Sobre el amor si pude escribir, y mucho. Historias de “amor” que viví, que llegaron a mucho y otras que se quedaron en el tiempo. Y aunque en el pasado nunca lo quise, hoy es de lo que más deseo, un amor que valga la vida, porque eso es lo asombroso de esto; transformarnos todo el tiempo, y vivir el ahora, porque ayer se fue, y mañana se verá, pero hoy es todo lo que tenemos, quizás por eso odio los días ni y busco estos ratitos, como leerte, dónde mi día ya sí valió la pena!

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    1. Hola Mel, primero que nada, disculpa la demora en responderte!
      Creo que lo más importante de tu encuentro, es que aprendiste, como vos lo decís, y más cuando decís que no sabes que te pasa y que eso ESTÁ BIEN. Es muy importante entender, que no hace falta que sepamos todo, que no podemos manejarlo todo.

      Tengo una amiga que siempre nos decía “a mi nunca me van a romper el corazón” y ahora, que se permitió enamorarse y apostar a una relación que venía en pausa, entendió que eso no se controla, que ese miedo no se maneja, y que como todos los miedos, la única forma de que sean menos importantes, es enfrentándolos. Creo que al estar abierta, al querer “un amor que valga la vida” ya estas un paso arriba de ese miedo, no te importa lo que venga, te importa un hoy deseando ese amor.

      Gracias por tu aporte, por tus palabras, y por decirme que tu día valió la pena por mi.

      Un abrazote

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