Precuela de un Emigrado – Parte I

Cuando creamos un proyecto, analizamos previamente los objetivos de interés para llevarlos a cabo en éste. Yo tenía muy en claro de que en AyQ quería “ayudar” pero, dicho solo así era muy amplio, no sabía cómo ir materializándolo. Cuando me empezaron a hacer preguntas que no sabía responder salí a pedir ayuda por historias, y así se armó la famosa #ComunidadAyQ. 

El año pasado, cuando estaban por ser las elecciones, se armó un debate muy interesante dentro de la comunidad, a pesar de que mis lectores estaban separados 50/50 ideológicamente, fue realizado con mucho respeto. Fede, quien les va a escribir en esta ocasión, fue una de las personas que mejor supo explicar lo que le pasaba con el país. Lo que a mi me quedó resonando durante todo este año fue que dijo “lo di todo, en todos los tipos de gobiernos y nunca alcanzó”. Hace menos de un mes se acaba de mudar a España y es por eso que lo invité a que cuente su experiencia:

Precuela de un emigrado

La cuarentena hizo estragos de toda índole. Familias quebradas por la pérdida de alguien cercano, comerciantes que debieron bajar las persianas del “bolichito” que sus abuelos habían abierto cuando vinieron de Italia, emprendedores fundidos por invertir sus ahorros en un momento inoportuno, e incluso amores que no fueron, a causa de algún encuentro frustrado. Sin importar el motivo, cada cual lo vive a su modo, tamizando la realidad con su filtro de subjetividad personal. Filtro que nos va moldeando la personalidad como si fueran nuevos relieves en las huellas dactilares. Únicos. Irrepetibles.

Y aunque suene a cliché, de lo malo, algo bueno siempre aprendimos. Me aferro a lo anterior, y aclaro de antemano que todo lo que voy a expresar está pasado por mi filtro de subjetividad, con el cual no intento ofender ni desacreditar, sino consensuar y buscar un mundo menos polarizado.

Pero no nos apuremos; retrocedamos un poco, ¡que todavía no me presenté!

Soy Federico Capirone, Diseñador Industrial de la UNMdP. Nací en el ‘93. Hijo único de padres separados a causa de un intento de secuestro (y algunas cosas más que andarían mal…). Conocí 5 colegios distintos, incluido uno en E.E.U.U., donde pasé la mayoría de mis veranos (inviernos) visitando a mi papá desde el 2001 (¿les suena la época?). Egresé de uno católico, privado, en Mar del Plata, donde viví hasta los 20 con mi vieja, rodeado de tíos, primos y abuelos. Tuve la posibilidad de estudiar 6 años música, al igual que Inglés, e ir a talleres literarios y de teatro. No me gusta el fútbol, pero veo los mundiales. 

En la Universidad empecé como ayudante alumno en el 2014, me recibí en el 2015, y seguí trabajando como docente hasta marzo del 2020, cuando renuncié. 

En lo amoroso, el 27/09/10 “oficializamos” con Aye, el 27/09/19 nos casamos, y el 27/09/20 llegamos a España después de varios intentos frustrados. ¿Raro? Sí, pero 100% casualidad.

De ahora en adelante pueden leerme aplicando el juicio de valor que les brote de su filtro de subjetividad personal, aunque sólo conozcan 10 líneas de mis 27 años de vida, que elegí redactar arbitrariamente.

Meet & Greet conmigo mismo

Como decía… de lo malo, algo bueno siempre aprendimos. En mi caso, la cuarentena pegó fuerte (muy fuerte) al principio, pero día a día me fui redescubriendo: empecé a dormir más horas de las 4 o 5 que creía suficientes y se fueron acomodando algunos dolores del cuerpo, incluido el bruxismo. Pensaba que haber dejado el laburo iba a ser una tragedia, pero de a poco me di cuenta que ya no tenía picos de estrés, y mi cabeza se iba despejando. 

Fue un alivio empezar a “destejer” todos los compromisos y pautas sociales que vas agregando cual papelitos enchinchados en el tablero de quehaceres de la vida (jardincolegioparejauniversidadtrabajofamilia…muerte?). 

El aislamiento me apartó físicamente de mi familia, pero el tiempo libre hizo estrechar mi relación con amigos virtuales, quienes hicieron que la cuarentena no fuera tan amarga. Entre estas personas está Sere, a quien considero (recordemos el filtro de subjetividad personal) una chica con una personalidad increíble. Se requiere de una gran madurez, apertura mental, y tolerancia reflexiva a pensamientos divergentes para llevar adelante una comunidad como AyQ. Ni hablar de la garra que le pone a todo lo que hace (imposible encasillarla en una sola actividad), y el empuje que te mete para que vos también te contagies de su culinquietismo y termines escribiendo una entrada como invitado en su espacio *insert mindblow gif*. ¿Procrastinar, qué es eso? ¿Se come? Ella no lo conoce, aunque diga que es experta procrastinadora, mientras siente que no hace nada, te mete 5 historias con tips sobre cómo no procrastinar. 

Pero para no hacer esto tan largo, paso a copiarles la primera aproximación que tuve con ella sobre la idea de emigrar, tema que dio pie a esta invitación. Aclaro que en ese momento no habían pasado las elecciones, ni existían pandemias, ni tampoco era una historia de Montescos y Capuletos en Twitter… Es más, ni siquiera usaba Twitter.

14/08/2019

“Últimamente vengo pensando mucho sobre este tema. Mi visión (aceptando todas las demás como válidas, y siendo solamente mi opinión personal) es la siguiente: Hay dos cosas en la vida que no podemos elegir, y que casualmente son dos puntos importantes a la hora de elegir el “exilio”: nuestra familia, y el lugar donde nacemos. Por la primera, dependerá de cómo esté compuesta, el nivel económico que tenga, y cuál va a ser la relación que tengamos según cada uno. De ellos va a depender cuánto apoyo emocional tengamos para poder irnos o quedarnos. Por la segunda, podemos decidir qué hacer. Le hice la siguiente pregunta a varios conocidos: 

-¿Te irías a vivir a Korea del Norte?

-No

-¿Y a Venezuela?

-No

-¿Y a algún país Europeo?

-Si.

-¿Por qué?

-Porque “están bien ahí”.

(Esa fue la mayoría de las respuestas)

Yo creo que el punto más importante de lo que uno decida reside en qué tan de acuerdo estamos con las políticas del lugar al que apuntamos.

Obviamente es un ejemplo burdo, ya que hablamos de dos países que no tienen democracia. El pueblo no tiene decisión sobre la política de Estado. Pero nosotros sí. Desde mis 10 años hasta mis 22 (toda mi adolescencia y carrera universitaria incluida) solamente conocí un modelo de gobierno. En los últimos 4 años me dí cuenta que tampoco estoy de acuerdo con otro modelo, y por lo que leí y escuché de décadas anteriores, todos los gobiernos fueron negativos a mi ideología. Entonces, no me voy a quejar de la elección pasada, sino que la celebro. Celebro la democracia y que la gente pueda elegir. Pero llegué a mi límite de tolerancia personal. Nada me obliga a seguir viviendo en un lugar donde no comparto las ideas de gobierno, sea cual sea.

Por mi parte, siento que aporté mi granito de arena para ayudar a devolver un poco de lo que Argentina hizo por mí: Fui voluntario durante 5 años en un centro educativo barrial, donde también me dieron trabajo formal cuando quedó un cargo vacante, y en ningún momento apareció ninguna agrupación política a darnos una mano. Cada vez que pedíamos ayuda, solo querían ir con banderas a sacarse una foto. Estudié en la universidad pública, y fui ayudante ad honorem durante 5 años. Lugar donde estoy trabajando formalmente en la actualidad. En mi rol de diseñador industrial, hice todos los aportes que pude en proyectos de extensión con fines sociales y en el área de salud. Desde mi experiencia, puedo decir que no creo en las promesas.”

Este punto de vista que sumé al debate durante el año pasado es uno de los tantos motivos que se fueron aglomerando para tomar la decisión de partir, entre los cuales estaban:

  • El haber visto a mi vieja pelearla durante tantos años, en distintos trabajos, con todos los cargos posibles, y aún así, sufrir la imposibilidad de proyectarse.
  • El rechazo al pedido de un crédito hipotecario para proyectar una familia en una casa propia, por “no cumplir con la edad necesaria”, aún teniendo ambos trabajos estatales, con buenos ingresos y antigüedad… mmm… Respetable.
  • 1 hurto con daño a bienes personales (rompieron el auto para llevarse un equipo de pesca y camping completo que me había regalado mi papá a los 6 años, incluido un cuchillo de mi abuelo… en fin, se llevaron valor afectivo y me dejaron las cuentas del chapista y cerrajero).
  • Deudas infinitas de un crédito UVA que sacamos para comprar el auto mencionado (si, si, ya sé la estupidéz que nos mandamos, pero en el momento pensamos que era la mejor manera de que no se nos desvaloricen los ahorros, en vez de comprar dólares).
  • Y la gota que desbordó el vaso: 7 robos presenciales entre mis 13 y 27 años, de los cuales 5 fueron con armas, siendo el último con una pistola en la panza de Aye, y otra en mi cabeza.

De todos modos, me veo en la obligación de aclarar que una cosa es pensar en emigrar y otra muy distinta es hacerlo. Salir de una zona de confort tan “mullida” como la nuestra no es sencillo. ¿Qué harían ustedes si tuvieran 2 meses de vacaciones en verano, 3 semanas en invierno, todos los findes y feriados libres, la tranquilidad de no fichar, trabajar con colegas que consideran amigos, y con estudiantes tan copados que también consideran amigos, y como si fuera poco, cobran 2,5 veces un sueldo básico?

-¡Estás loco, hermano! ¿Cómo te vas a ir con el laburo que tenés? – esa era la pregunta cada vez que salía el tema.

Y es real, en cierto punto. ¿Loco? Probablemente… pero les pregunto ¿la vida se trata de laburar? Desde mi subjetividad elijo pensar que el trabajo es lo que me permite vivir; y no quiero que se malinterprete vivir, con sustentarse (tener comida, una cama, una ducha, y otras necesidades básicas). Vivir como la acción de generar felicidad a tu ser, buscando provocar que las consecuencias de tus decisiones sean las proyectadas, y cuando esto no suceda, evitar caer en la resignación de aceptar lo negativo como algo imposible de modificar, tomarlo como única verdad y volcarse por el acostumbramiento.

En resumen, nuestro objetivo principal siempre fue viajar y conocer lugares nuevos, con sus comidas, sus costumbres, su cultura. Esto me conectó con blogs como el de Sir Chandler, Floxie, Última Llamada, InfoViajera y AdondeyQué. De ellos aprendí que viajar no debería ser considerado un lujo, sino parte de la vida, y que solamente hay que buscarle la vuelta a nuestras posibilidades. A partir de ahí, nuestra premisa siempre fue gastar lo menos posible en pasajes y hospedaje, resignando ciertas comodidades hasta determinado punto de tolerancia (osea, la regla de las 3 B, bueno, bonito y barato).

La decisión de dar el “Click”

Noviembre del 2019. Como todos los días, me desperté desesperado por alguna oferta o “precio loco” de pasajes con algún destino Europeo que nos deje cerca de España, donde habíamos determinado mudarnos. Me puse a revisar las notificaciones nuevas de Instagram, y entre ellas, InfoViajera había subido un Sao Paulo – Amsterdam, con vuelta a Ezeiza por $24.000. Me corrió por el cuerpo un temblor similar al que genera la ansiedad de invitar a salir a alguien. Mirás que el texto esté bien redactado 4, 5, 6 veces, dudás, todo lo que te imaginabas como espontáneo entra en crisis.

-Aye, mirá lo que subieron… ¿lo sacamos?

-No sé, ¿qué decís?

-No sé… ¿probamos si pasa la tarjeta?

Completamos todo. Ida: 16/03/2020, Vuelta: cualquiera, total no la íbamos a usar. 2 pasajeros. Información personal, documentos, etc… y unos momentos de miradas cruzadas e incertidumbre agónica ante el boton que dio paso al click final:  “Pago aceptado”. Listo, no había vuelta atrás. El 16/03 era el día que nos iríamos, y nada en el mundo podía detener esa decisión… ¿o si?

4 meses fueron suficientes para pasar por todas las emociones existentes. Planteos y replanteos. Renunciar a los laburos, vender todo y “deshacerse” de los recuerdos que teníamos dentro del 10°H, el departamentito que alquilamos desde que nos fuimos a vivir juntos en el 2015. Llorar en cada despedida: tíos, primos, abuelos, amigos, compañeros, bajo la promesa de volver a visitarlos lo antes posible. O mejor, la esperanza de poder pagarles un pasaje para que ellos viajen a nuestro nuevo lugar.

El Covid se iba volviendo pandemia, pero “a Argentina no va a llegar eso”. Un caso. Dos. Tres. “No es nada, lo van a controlar”, nos mentíamos cada vez que aparecía uno nuevo. 

Ese lunes 16 había empezado perfecto, y haciendo caso omiso a mi rotura de meniscos y operación de la semana anterior, las ruedas pinchadas “mágicamente” de la noche a la mañana dentro de la cochera, el quedarnos encerrados allí dentro por el corte del tensor de acero del porton, y otras señales que desaconsejaban salir, cargamos todo en la camioneta de mi suegro, y salimos para Buenos Aires temprano: tenía que repartir unos posavasos grabados on antes de despedirme del país. 

Horas más tarde llegamos a Ezeiza cargados de paranoia y alcohol en gel, ansiedad y valijas, felicidad y boarding passes, y despedidas y más lágrimas.

Aye cargando todo, y yo renegando con las muletas, fuimos a despachar las valijas al mostrador de Ethiopian, con quienes viajaríamos hasta Brasil.

Con el equipaje ya etiquetado y a punto de mandarlo por la cinta:

Chicos, no. Perdón, no, no… – nos introducía el personal de tráfico al encadenamiento de sucesos infames que seguirían por los próximos meses – No pueden viajar. Se están cerrando las fronteras. Si salen en este avión, van a quedar varados en Brasil. – Remató con una preocupación y sorpresa tan increíblemente contagiosa que al instante nos infectó.

¿Cómo parar una bala cuando ya apretaste el gatillo? ¿Cómo desandas el camino cuando ya dejaste absolutamente todo atrás?

-Hola ma, no salimos. ¿Por donde están? – le decía Aye al celular, con voz temblorosa, en el impulso de buscar ese consuelo que solo una madre sabe darte.

Y así fue que esa misma noche nos encontrábamos de nuevo durmiendo en Mar del Plata, en una cuarentena prematura y voluntaria, por haber pisado Ezeiza. Confundidos, aturdidos, sin casa, sin trabajo, sin tener nada más que lo que entraba en las valijas, y a nosotros mismos.

Recalculando…

Cuando estamos atrapados entre la espada y la pared, no existen mejores mosqueteros que defiendan el “todos para uno y uno para todos” que la propia familia y amigos.

“Se quedan en nuestro departamento. Este año no se alquila.” – Decretó la tía Griselda desde Bolivar, quien desinteresadamente nos trajo la solución al problema de dónde vivir.

Tal es nuestra fortuna, que lo que habían sido nudos en el estómago por despedidas, ahora se habían transformado en kilos de comidas caseras, compras de supermercado y horas de charlas de apoyo, elaboradas por nuestros padres, tíos, primos y amigos, de quienes no nos imaginábamos depender en absoluto.

El tiempo transcurrido entre abril y septiembre es lo más cercano a poder describir la teoría de la relatividad. ¿Pasó rápido? ¿Pasó lento? Bueno, es relativo según con qué lo comparemos.

Por un lado teníamos la tranquilidad de poder reprogramar el vuelo para más adelante, ya que Aeromexico había dejado de volar momentáneamente, pero no había ninguna certeza sobre cuándo podría ser esto. Relajados por encontrar cierta estabilidad en una rutina inventada, pero desesperados por retomar el control de nuestros proyectos. Descontracturados por estar en una ciudad con pocos contagios, pero atentos a las cadenas nacionales que destrozaban los frágiles trazos de nuevos planes, que semana a semana se volvían cada vez más volátiles.

Y así fueron pasando los días, entre torneos de truco, picadas con pan casero, vivos de Instagram, Netflix&Chill… en fin, como habrá hecho la mayoría de ustedes. Algo tan monocromático, que hasta mi propio daltonismo era capaz de distinguir toda la gama de esa aburrida escala de grises.

Los meses fueron avanzando, y en medio de ese mar de emociones en sudestada, con el barco escorado, teníamos dos opciones: quedarnos en Argentina, esperando una solución a la pandemia y reconstruir nuestras vidas hasta que el momento fuera propicio, o apostar por el bote salvavidas que nos daría la oportunidad de cruzar el charco.

¿Nuestra decisión? Arriesgarlo todo por reflotar un sueño hundido, conociendo los riesgos de lo que íbamos a enfrentar y siendo conscientes que esta vez, si lográbamos atravesar migraciones, estaríamos pasando el punto sin retorno. 

Pero esa es otra historia…

Como dije al principio, el principal objetivo de esta página es ayudar a quienes están del otro lado, a inspirarse, animarse, ordenarse, y mucho más. Es por esto que Fede nos abrió su corazón, nos cuenta su historia y en la segunda parte nos relatará cómo fue el proceso -burocrático y emocional- de volver a programar todo para irse en plena pandemia.

Acá les dejo el Instagram de Fede por si alguien quiere contactarlo y/o chusmearlo. No sube mucho, pero no vamos a obligarlo todavía (¿o sí?) #culiinquetismo.

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