Me comparo.

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Siempre me comparé. Desde que tengo memoria. 

A veces muy malo y doloroso, como la adolescencia, pensamientos tipo: “a ella le queda mejor el uniforme”; “a ellos los papás le pagan más cosas que los míos”; “a ellas les dicen que están re buenas y a mi que soy buena, nada más”; “todas tienen tetas menos yo”… después más pasionales en la Universidad: “a Euge le encanta lo que estudia”; “Steph tiene muy en claro lo que quiere ser y yo no”; “El trabajo de X es soñado y el mio no”; “No puedo cursar como X”. Y después en esta adultez joven: “X gana el doble”; “X sabe lo que quiere”; “X y X viven solas y yo no”.

A veces muy bueno e inspirador: “Si Lu estudia así, yo mejoro mis notas”; “Si me junto con Flor, seguramente entenderé mejor estos temas”; “Esta clase de gimnasio le sirvieron a Cata entonces a mí también”; “Si esta persona pudo ser freelancer, yo puedo!”; “Voy a hacer el curso como X”; “Voy a tomar las referencias de viaje de X ya que muestra que se puede”. 

Con el tiempo, las terapias y el crecimiento la comparación decantó, armé amistades tan sanas que no requieren ni pensar en competir, ni en sentirme menos, pero siempre estoy pendiente de cosas que no quiero estar pendientes, y en gran parte, creo que la culpa es de las redes sociales. Amo el contenido que consumo, busco mucho a quién seguir y armo un algoritmo que me gana, pero aún así, vivo deseando la vida de los demás. 

Se que mucha gente “quiere ser como yo”. Lo sé porque me lo han escrito, literalmente: “En otra vida quiero ser como vos”; “Quiero tu valentía”; “Quiero tu trabajo”; “Quiero tener tus ideas”; “Quiero animarme”; “Quiero ser vos”. Tantos años de comunidad y compartida generan vínculos en los que queres vivir las experiencias del otro, que no te alcanza leerlas, lo se porque a mi me pasa con un par de personas que sigo. Quiero los mismos viajes, los mismos canjes, las mismas experiencias y a veces hasta los mismos chistes (!). Ni una vida alcanzaría para tener todo lo que mi mente desea, o las redes le hacen creer que desea.

Después de pasar mucho tiempo deseando vivir en otro país, mirando como otras personas vivían lo que yo quería, lo logré. Ahora que estoy acá deseo viajar -obvio- como otras personas que veo, y me quejo. Porque nunca hay conformismo suficiente. Siempre atrás de más. Muchas veces este entusiasmo te hace crear y hacer cosas increíbles en nuestra pequeña vida, lo amo y lo abrazo, pero no lo celebro cuando no me deja gozar de mi propios logros. Porque los de otros son “mejores”. Me parece que soy envidiosa -digo en voz alta-.

En 10 días tengo un viaje soñado de 3 días, pero hace unas semanas tengo un sabor amargo temiendo que 3 días sean pocos. Si, es más fácil pensar en todo lo bueno: el trabajo me dio los días libres, tuve el dinero para comprar vuelos y hospedaje, tuve la información para armar un itinerario único, pero cuando lo leo, tengo miedo de sentir que sean pocos días. Después me acuerdo de lo que sentí en otros viajes y SE que se usarlos a medida, SE que son suficientes, pero si no me enojaría tanto todo esto no lo estaría escribiendo. 

Me impresiona como la exigencia de una vida, que nadie me impuso, que creé para satisfacer, mis pensamientos e inconscientemente los de los demás, me nublan la vista en algunas situaciones. También me gusta minimizar algunos logros y reirme “ Que white people problem tengo! no sé a qué país dejar de ir!”. Vivo muchas cosas que para mi son lujos, más que privilegios. Y aún, tengo estos momentos que siento como falta de libertad, falta de herramientas para poder hacer “más cosas”. Lo importante de todo esto es que no son solo charlas, lágrimas o posteos por ahí, son pensamientos que llevan a acciones. Inconformismo que después del sabor amargo me deja toda la fuerza para seguir armando la vida que quiero, que es una vida más libre.

Libertad para mí: económica, de horarios, espacios y decisiones, afectando lo menor posible a terceros.

Estoy 100% de que el programa de Au Pair no era para mí, pero mi mejor amiga llegó a Miami, con su departamento y su nueva familia y no logré dejar de preguntarme “¿Qué hubiera pasado si yo activaba?”. Estoy tan feliz y orgullosa de ella, pero siempre, aparece mi comparación para hacerme sentir un toque mal.

Desde que estoy acá agradezco no haber tenido ciudadanía UE porque eso me dio la libertad de probar sin decidir un “para siempre”, pero todos los días pienso en la gente que está en X y no en X, o por qué trabaja de X y no X “si tiene los papeles!”. Que te importa Serena, que cada uno haga su camino…

En estos días pensé que una de las soluciones es cerrar todas las redes, pero gracias a las redes yo soy quien soy hoy, así que no es una opción. Bajar la cantidad de horas de consumo, siempre las bajo, no es una opción ahora. Simplemente una solución es sentarme a ser sincera conmigo, a responder mis preguntas reflexivas, a compartir con otras personas que puedan sentirse identificadas y como siempre, darme el espacio para estar bajón porque sé que después tengo más iniciativa. Un lindo ejercicio que hago en el trabajo, miro a quienes hacen co work viajando, con sus computadoras, y me visualizo ahí algún día.

Gracias a las preguntas de F, que aunque parezca que mete un poco el dedo en la llaga, termina sacando a la luz verdades, hoy es: basta de comparación envidiosa, más ver lo bueno que uno logra. 

1 comentario en “Me comparo.”

  1. Cuando nos comparamos desde el lado del enojo, siempre la otra persona es mejor, tiene lo mejor, y es feliz. Pero cuando lo bajamos a tierra y vemos realmente lo que tenemos nosotros mismos y lo que logramos, tal vez vemos que no estamos tan mal como creiamos.
    Es un aprendizaje de todos los dias!

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